domingo, 30 de agosto de 2020

Violación institucional sistemática por parte de las Fuerzas Armadas a los derechos y vida de las mujeres

¡La violencia institucional que han ejercido las Fuerzas Armadas colombianas en contra de las mujeres ha sido sistemática y se ha tratado de esconder bajo la cortina de poder del Estado!

En Colombia las recientes denuncias por parte de mujeres –varias de ellas niñas— de diferentes etnias indígenas que han sido víctimas de violencia sexual por parte de miembros del ejército colombiano, han desatado la ira e indignación y han puesto en el centro del debate la tan normalizada violencia en contra de la mujer, particularmente aquella que es ejercida por quienes dicen ser los “defensores” del pueblo y “héroes de la patria”. Frente a esta grave problemática cínicamente el Estado y el gobierno de Duque como solución, nos ofrecen “ayuda” de las mismas instituciones que nos acosan, abusan, violan y asesinan.

El Estado y el gobierno de Duque nos hacen un llamado a confiar en las Fuerzas Militares, pues son “sólo unas cuantas manzanas podridas”, siendo que éstas han perpetrado históricamente masacres y asesinatos políticos, muchos en complicidad con los paramilitares, que han sido el soporte del régimen del terror de Uribe, y que Duque, en su esfuerzo por reinstaurar dicho régimen, ha restituido en el poder a toda una cúpula comprometida con crímenes graves contra los DDHH, como los falsos positivos, en amenazas, intimidación y asesinatos constantes a líderes sociales, campesinos y obreros.

No en vano las mujeres de Colombia se han unido a las millones de voces de mujeres alrededor del mundo coreando: “El Estado opresor es un macho violador”, denunciando la violencia, la violencia sexual y abusos sistemáticos por parte de la Fuerza Pública con la indulgencia y hasta complicidad del Estado, contra los derechos y vida de las mujeres; denunciando que el Estado y el gobierno fingen interés por los casos de abuso y violencia, pero en realidad encubren y distorsionan los casos que se han denunciado, alargando y archivando los procesos y re victimizando a quienes denuncian. Es por esto que hoy más que nunca se hace necesaria la unión y lucha de las mujeres en contra del Estado, sus instituciones y del sistema capitalista que nos explota, viola y oprime; es necesario que continuemos denunciando estos casos de violencia y abuso.


La violencia sexual por parte de miembros de las fuerzas militares: ¿casos aislados u otra expresión más de su brutalidad y de la impunidad del estado?

 “Quienes defienden al Ejército dicen que se trata de unas cuantas manzanas podridas, pero el verdadero problema es que es una práctica sistemática y estructural”

Catalina Ruíz, Julio 1 de 2020, The Washington Post.

El reciente caso que salió a la luz pública el pasado 22 de junio, sobre la violencia sexual contra una niña indígena de 13 años, perteneciente a la comunidad Embera Chamí, por parte de un grupo de al menos siete soldados, abrió el debate sobre las prácticas sistemáticas de abuso y violencia sexual ejercidas por las fuerzas públicas colombianas, particularmente del ejército, contra las mujeres y niñas. Sin embargo, frente a estos acontecimientos, los altos mandos de la institución militar sostienen como defensa a las denuncias, que éstas son casos aislados, que son unas cuantas “manzanas podridas que manchan el uniforme”. Incluso, Eduardo Zapateiro, el jefe del Ejército Nacional, se llena la boca asegurando que: “Ningún soldado, colombianos... Escúchese bien, quiero ser enfático. Ningún soldado es entrenado en la institución para atentar contra los derechos humanos de los niños, niñas y adolescentes”. No obstante, aunque Zapateiro y los demás altos mandos del ejército se empeñan en convencernos de que estas prácticas son de unos pocos miembros del ejército y no son reiterativas y que los miembros del ejército no son entrenados para “atentar contra los derechos humanos”, la verdad es que para nadie es un secreto que el uso desmedido del poder y de la fuerza por parte de las Fuerzas Militares no es algo nuevo, pues son entrenados para ejercer control y poder sobre los territorios y la población mediante el uso de la fuerza y la violencia desenfrenada, lo que los hace propensos a esas prácticas de abuso y violencia sexual hacia las mujeres y niñas. De allí que el abuso y la violencia sexual ejercida por parte de los militares hacia las mujeres, tampoco es una práctica reciente en estas instituciones.

En un estudio reciente por la Corporación Sisma Mujer (2019), se señala a los miembros de las “fuerzas armadas, de policía, policía judicial y servicios de inteligencia como los mayores presuntos responsables de la violencia sexual contra las mujeres en el contexto de la violencia sociopolítica” –esto sin mencionar, la violencia sexual ejercida por grupos guerrilleros y paramilitares–. En ese sentido, este mismo estudio señala, para el 2018, a las fuerzas militares como los presuntos agresores que mayor participación tuvieron, pues “registran el 62,16% del total de hechos vinculados a la fuerza pública; y 23,59% del total de casos de violencia sexual contra las mujeres”, seguido de miembros de “delincuencia organizada” (paramilitares, pandillas, narcotraficantes, bandas criminales), “quienes reportan 24,62% de estos hechos”. Así mismo, se menciona que del 2017 al 2018 los casos de violencia sexual perpetrados por las fuerzas armadas, las fuerzas públicas, la policía, policía judicial pasaron de 43 en 2017 a 74 en 2018 (un incremento del 72,09%); de las fuerzas militares de 14 en 2017 a 46 en 2018 (un incremento del 228,57%). No obstante, cabe recordar que lamentablemente, en el marco del conflicto armado, no sólo militares y paramilitares incurrieron en este tipo de conductas contra las mujeres, también hay casos de miembros de los grupos guerrilleros, tal cual como lo señala el mismo estudio de Sisma Mujer, en donde los casos de violencia sexual en manos de grupos al margen de la ley (FARC, ELN) incrementó en el 2018 en un 65, 5% (lo que equivale de 16 casos en 2017 a 26 en 2018).

Aunque las anteriores cifras corresponden a la violencia sexual en el marco del conflicto armado, es preciso señalar que estos actos se siguen perpetrando. Hace unos meses Alberto Bruni, representante en Colombia de la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, informó que se habían encontrado tres casos de violencia sexual, en Arauca, Guaviare y Meta, en el que estarían implicados miembros del Ejército. De igual modo, luego de la noticia de la niña Emberá, el Ejército Nacional reconoció otro caso de violencia sexual perpetrado en septiembre de 2019 en Guaviare, contra una niña indígena de la comunidad nukak makú, quien fue encerrada por cinco días en el Batallón Joaquín Parías. En 2018, se conoció que el militar Raúl Muñoz (quien paga una condena de 60 años), abusó sexualmente de una menor en Tame, Arauca. En 2017, en Fuente de Oro Meta, una menor de cuatro meses fue abusada sexualmente por un soldado. A esto se suman las declaraciones del general Eduardo Zapateiro, sobre 118 integrantes de la misma institución investigados por abuso sexual que involucran a menores de edad.

Todo esto demuestra, a diferencia de lo que nos señala Zapateiro y su cúpula militar, que no se trata de unas cuantas manzanas podridas de la institución o de casos aislados, por el contrario, es una práctica sistemática de abuso de poder y autoridad que las fuerzas militares han ejercido hacia niñas y mujeres, particularmente aquellas en condición vulnerable, en los diferentes territorios del país. Las fuerzas militares colombianas no son ningunos héroes de la patria, sino que, desde su semilla, es una institución putrefacta que refleja a profundidad los aspectos más retardatarios de la sociedad: el machismo, la violencia contra quienes están desarmados, torturas y violaciones a derechos humanos y, sobre todo, la defensa del opresor y el explotador a costa de la vida de los explotados y oprimidos.

Un aparato represivo signado por la violencia política, las violaciones a los derechos humanos y la impunidad

Este derroche de abuso, de crueldad e impunidad que cobija a las Fuerzas Armadas tienen una base profunda en el carácter de clase de estas instituciones, su función como pilar del estado burgués, pero también en las peculiaridades de la oligarquía colombiana y de su relación con el imperialismo. El estado es por definición el aparato de dominación de las clases poseedoras, el órgano que garantiza que estas clases mantengan la propiedad privada de los medios de producción y todas sus condiciones de privilegio y opresión sobre las otras clases, y no eso que nos enseñan en la escuela para adoctrinarnos desde pequeños, que “el estado somos todos” o que “el estado es nuestro gran protector”. Dentro de ese aparato de dominación las Fuerzas Armadas son la columna vertebral, el aparato represivo y de inteligencia que soporta por la fuerza toda la explotación y la opresión. Ese trabajo se complementa con la acción de la justicia que defiende los intereses de los explotadores y opresores y persigue y encierra a los de abajo cuando se levantan, junto a ellos están el aparato escolar y los medios masivos de comunicación, que reproducen las ideas dominantes de estas clases poseedoras.

Por si esto fuera poco, Colombia tiene una larga tradición de violencia política, pues la oligarquía ha privilegiado los métodos violentos incluso para dirimir sus propios conflictos, y la ha usado sistemáticamente para derrotar la lucha de clases. La violencia política, e incluso el recurso de los paramilitares como una táctica constante para mantener su dominación han sido un rasgo característico del régimen político colombiano por décadas. Rasgo que se acentuó por la alianza histórica de esa oligarquía con el imperialismo, lo que ha permitido una injerencia constante de EEUU en los asuntos internos del país, al tiempo que el país ha cumplido servilmente el rol de peón militar y político de sus intereses en el continente y en el mundo.

Pero con el Plan Colombia -desde el gobierno de Andrés Pastrana-, estos rasgos se hiperdesarrollaron y el país se convirtió en “el portaviones político y militar” del imperialismo en la región. Para esos fines imperialistas contra la soberanía de los países independientes como Venezuela y Ecuador y bajo la bandera de la guerra contra el narcotráfico, inundaron el país de bases militares de EEUU, cometieron todo tipo de atropellos, incluso violando las fronteras de esos países. En este marco, las FFMM de Colombia llegaron a ser las más grandes -en términos proporcionales- del continente y desde antes el país recibe la tercera inversión militar más grande de parte de EEUU, sólo después de Israel y de Egipto.

Han recibido por décadas el presupuesto más alto del estado y han gozado de gran poder e impunidad, actúan casi con licencia para matar en muchas regiones del país. Y durante los gobiernos de Uribe ayudaron a instaurar un verdadero régimen de terror férreamente apoyado y secundado por EEUU, en el que reinaron violaciones a los derechos humanos como los falsos positivos. Desde entonces estas instituciones represivas viven un proceso de descomposición creciente, cada semana hay un escándalo nuevo por chuzadas, por espionaje contra jueces, periodistas y opositores políticos, por violaciones de derechos humanos, así como por todo tipo de atropellos y episodios sistemáticos de corrupción al más alto nivel. Pero el gobierno de Duque se dio a la tarea de restituir en los más altos cargos del Ejército a oficiales comprometidos en todo tipo de acciones criminales, como los falsos positivos. Por ello es el responsable político de la matanza sistemática contra líderes sociales y excombatientes y del nuevo auge del paramilitarismo, todo bajo la más descarada impunidad. En este marco las crecientes denuncias por abusos sexuales contra mujeres y niñas por parte de militares, se entiende perfectamente.


¡No es un fenómeno nuevo: la violencia contra la mujer ha sido un instrumento de guerra y dominación… también del imperialismo!

El uso del cuerpo de la mujer como botín de guerra es una práctica sistemática que convierte a las mujeres y sus cuerpos en instrumentos de control y dominación, es una forma de intimidación, castigo o represalia contra el enemigo, en la que los actores armados de un conflicto siembran el terror en las comunidades e imponen el control militar. Esta práctica la podemos encontrar a lo largo de la historia en varios hechos devastadores. Un ejemplo de esto es la guerra de Bosnia (1992-1995), en la cual las fuerzas serbias practicaron violaciones masivas entre las mujeres bosnias musulmanas en los campos de concentración por ser consideradas como parte de sus servicios; la guerra del Congo (1998-2003), en la cual, según un estudio de American Journal of Public Health, se habrían violado cuatro mujeres cada cinco minutos, lo cual arroja un aproximado de 400.000 mujeres violadas al año; o en África, en el 2013, en donde el cuerpo de las mujeres era el salario con el que el gobierno pagaba a sus milicianos, miles de mujeres eran explotadas, violadas u obligadas a casarse con los soldados que habían asesinado a sus familias. Estos son sólo algunos de los hechos atroces que se han cometido contra las mujeres y niñas alrededor del mundo, y que demuestra que los actores del conflicto no sólo libran la batalla en los territorios, sino que también los cuerpos de las mujeres se convierten en su campo de batalla.

Colombia, en sus más de 50 años de conflicto armado, no podría ser la excepción frente a esos abusos y violencia sistemática contra la mujer y, aunque hasta el momento ningún actor armado ha reconocido públicamente la responsabilidad por el uso de la violencia sexual, hay varios informes del Centro Nacional de Memoria Histórica que confirman la dimensión de los daños y la magnitud de la violencia con que el cuerpo de las mujeres y niñas han sido objeto de sometimiento, de apropiación, y de despojo de su dignidad y de su humanidad, que en últimas es una cuestión de poder, pues es en la violencia sexual donde el cuerpo de la mujer es el bastidor o soporte en el que se afirma la destrucción, sometimiento y dominación moral del enemigo, lo cual sigue perpetuando la construcción de masculinidades despóticas y violentas.

Las prácticas de violencia, violencia sexual y abuso que convierten a las mujeres y niñas en un instrumento para la guerra, no solamente han sido ejercidas por las fuerzas militares colombianas, sino que, también, se ha ejercido por grupos paramilitares y guerrilleros –esto bajo el conflicto armado—, y como si esto no fuera poco, por las tropas militares del imperialismo yanqui. Esto último obedece, precisamente, a que la burguesía colombiana, encabezada por el Estado, ha mantenido por décadas su absoluta complacencia y entrega al imperialismo estadounidense. Este servilismo que ha ido creciendo desde el 2001 con el “Plan Colombia” y que se intensificó bajo los gobiernos de Uribe, Santos, y, actualmente con Duque, ha convertido a Colombia en el “portaviones político y militar del imperialismo yanqui”: la existencia de 12 bases militares estadounidenses –aunque sólo se reconozcan 7–, el ingreso de Colombia a la OTAN en el 2018; la financiación, el monitoreo y equipamiento de los aparatos militares e inteligencia yanqui a las Fuerzas Armadas y su participación en las maniobras militares estadounidenses; las operaciones conjuntas con Estados Unidos para “combatir” a las FARC en países vecinos como Ecuador y Venezuela –precisamente en estos países que no son serviles al imperialismo–, la firma de los Tratados de Libre Comercio, el ingreso de Colombia a la OCDE; son sólo una muestra de la disposición abierta del gobierno y de las Fuerzas Armadas colombianas a colaborar con el amo del norte en su deseo de control y dominación política y económica de América Latina. En ese marco, no sólo le ha dado carta abierta a los yanquis para que intervenga en los asuntos políticos y económicos del país, sino que, también, parece habérsele otorgado a sus Fuerzas Armadas un permiso absoluto para cometer vejámenes, entre ellos el abuso sexual hacia las mujeres y niñas, contra las poblaciones vulnerables del territorio colombiano sin que éstos tengan repercusión alguna.

En el “informe de la comisión histórica del conflicto y sus víctimas”, se revela que entre el 2003 y 2007 al menos 53 mujeres menores de edad fueron violadas por soldados y funcionarios de seguridad de EEUU en cercanías de la base militar de Tolemaida; y no solamente fueron víctimas de este tipo de violencia sexual, pues dichos actos fueron grabados y vendidos como material pornográfico. Aunque frente a estos actos la Defensoría del Pueblo en Colombia y el ICBF han asegurado hacer un seguimiento y la embajada estadounidense en Colombia ha señalado que cualquier mala conducta por parte de sus fuerzas armadas será tomada “muy en serio”, en la actualidad no hay ninguna condena ni proceso abierto contra soldados o agentes gringos por delitos sexuales en el país. Este derroche de impunidad demuestra hasta dónde es capaz de llegar la oligarquía y el estado colombiano en su sumisión al imperialismo, así como los rasgos coloniales del país en su relación con esa potencia extranjera.


¡Los ataques sistemáticos a las mujeres por parte de las fuerzas Armadas se concentran en los grupos históricamente más oprimidos!

Las mujeres, sus condiciones, la violencia y opresión a la que están expuestas, no se pueden hablar genéricamente ni en abstracto. Los ataques contra las mujeres, se han enfocado en los grupos que siempre han sido más afectados por otras condiciones como la de ser negra, indígena, pobre, “poco educada”, trabajadora, transexual o discapacitada.

La encuesta realizada en el marco de la campaña “violaciones y otras violencias, saquen mi cuerpo de su guerra” realizado para el periodo de 2010-2015, concluye que las mujeres negras, entre 15 y 24 años, pertenecientes al estrato socioeconómico 1, son quienes más expuestas han estado a ser víctimas de violencias sexuales en el marco del conflicto armado. Además, el mismo informe, realizado para el periodo 2001-2009, revela que 48,5% de las víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto pertenecen al estrato 1 y el porcentaje restante, a los estratos 2 y 3.

Para las mujeres racializadas -afrocolombianas e indígenas- la violencia ha sido mucho peor porque se ha combinado con actitudes históricas asociadas al colonialismo, el racismo y al esclavismo, pues, no es un secreto para nadie que, desde los tiempos de la colonia, el cuerpo de la mujer ha sido objeto de dominación. Además, los territorios que habitan son los más afectados por la desatención y olvido estatal, lo que se evidencia en su situación de vulneración a derechos básicos como la salud, la educación y el trabajo digno. Todo esto muestra que, como en todas sus otras manifestaciones, la violencia del estado tiene un marcado sello de clase. En esos lugares, que aparecen como tierra de nadie, es donde más se viven los abusos y los vejámenes.


¡El Estado y sus instituciones son complacientes con la violencia sexual y abuso contra las niñas y mujeres!

El presidente de Colombia Iván Duque, frente a lo sucedido con la violación a la niña Emberá por parte de las fuerzas militares, señaló en una rueda de prensa: “No toleramos ningún tipo de abuso a menores de edad y mucho menos cuando involucre uniformados que enlodan el honor de las fuerzas con actos ruines como el denunciado en Pereira contra niña indígena”, así mismo, mencionó que se estrenaría la cadena perpetua con los militares involucrados en este caso. Sin embargo, aunque el presidente quiera dar a los colombianos unas palabras de “alivio” y “seguridad” frente a este caso y pretenda de esta manera “garantizar” la no impunidad, sus declaraciones no pudieron ser más cínicas, pues parece que al presidente se le olvidó que fue el mismo quien hace poco nombró una nueva cúpula militar en la que muchos de los militares y generales, están implicados en casos de falsos positivos y violación de derechos humanos. Incluso, mantuvo a Nicasio Martínez como comandante del ejército a pesar de su relación con procesos de violación de derechos humanos e hizo lo imposible por mantenerlo en su cargo, hasta que lo dejó caer evitando que salieran más denuncias a la luz, igual que con el ministro de defensa Guillermo Botero, la ficha de Uribe que trató de encubrir el bombardeo despiadado contra unos niños, acción que le costó el cargo. Por eso insistimos en que se trata de un fenómeno estructural, propio del carácter de estas Fuerzas Armadas, las mismas que han sido la punta de lanza de la historia de masacres y asesinatos políticos, muchos en complicidad con los paramilitares, las mismas que soportaron el régimen de terror del matarife en sus dos períodos presidenciales, y cuya cúpula fue restituida en el poder por Duque como parte de su esfuerzo por reinstaurar dicho régimen de terror.

Por otra parte, frente a ese mismo caso, el Fiscal General de la Nación Francisco Barbosa, se vanagloria de haber hecho un rápido proceso en contra de los militares que aceptaron cargos, pero su teatro se cayó al piso cuando, en el fallo, se les acusó de acceso carnal abusivo, lo que, según la ley, implicaría insinuar que la menor consintió la violación (algo impensable), además que da una rebaja de pena a los agresores. Como si este fallo fuera poco, los siete exmilitares fueron trasladados a un batallón en lugar de ser llevados a una cárcel regular, lo cual no fue explicado ni tiene razón de ser pues ya no pertenecen a la milicia.

Como en muchos otros casos la Fiscalía y el sistema judicial, son cómplices de la corrupción que hay dentro de esta institución (FFMM, policía y ESMAD), pues ocultan y encubren todos los crímenes que se cometen en contra las mujeres (pobres, campesinas, trabajadoras), los luchadores populares, sindicales, indígenas y defensores de derechos humanos. Y, descaradamente, nos hacen un llamado a confiar en los miembros de estas instituciones, quienes abusan, violan, persiguen, amenazan, criminalizan y desaparecen, lo cual resulta aún más oprobioso y hasta cínico.

La impunidad y el desprecio hacia la vida de los pobres y los oprimidos son las marcas distintivas de este régimen y de este gobierno, como se evidencia con los casos antes mencionados y, en este momento, con el recrudecimiento de las masacres y asesinatos contra niños y jóvenes: 6 jóvenes asesinados en la zona rural del municipio de Tumaco, 8 jóvenes entre 19 y 25 años masacrados en la aldea Santa Catalina (Samaniego, Nariño), 5 niños entre los 14 y 16 años degollados en Cali, tres jóvenes entre los 20 y 30 años acribillados en la zona rural del municipio de Abrego (Norte de Santander), dos niños de 12 y 17 años asesinados en el Municipio de Leiva (Nariño) –todo esto sin mencionar los asesinatos recientes a líderes y lideresas sociales, e indígenas–.

Respecto a todos esos acontecimientos atroces el gobierno de Iván Duque, no hacen más que emplear palabras eufemísticas pretendiendo así minimizar la gravedad de los hechos, culpando al narcotráfico e incluso a las mismas víctimas, y encubriendo a los perpetradores de esos crímenes. Lo cierto es que el único responsable político de las violaciones de derechos humanos y matanza contra mujeres, jóvenes, niños, lideres, campesinos y trabajadores, es el gobierno uribista de Iván Duque, quien en su empeño por reinstaurar el régimen del terror del uribismo y en su benevolencia al imperialismo yanqui, han permitido las violaciones sexuales, masacres y desapariciones forzadas contra lo pobres, explotados y oprimidos.


Referencias bibliográficas

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