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domingo, 30 de agosto de 2020

Violación institucional sistemática por parte de las Fuerzas Armadas a los derechos y vida de las mujeres

¡La violencia institucional que han ejercido las Fuerzas Armadas colombianas en contra de las mujeres ha sido sistemática y se ha tratado de esconder bajo la cortina de poder del Estado!

En Colombia las recientes denuncias por parte de mujeres –varias de ellas niñas— de diferentes etnias indígenas que han sido víctimas de violencia sexual por parte de miembros del ejército colombiano, han desatado la ira e indignación y han puesto en el centro del debate la tan normalizada violencia en contra de la mujer, particularmente aquella que es ejercida por quienes dicen ser los “defensores” del pueblo y “héroes de la patria”. Frente a esta grave problemática cínicamente el Estado y el gobierno de Duque como solución, nos ofrecen “ayuda” de las mismas instituciones que nos acosan, abusan, violan y asesinan.

El Estado y el gobierno de Duque nos hacen un llamado a confiar en las Fuerzas Militares, pues son “sólo unas cuantas manzanas podridas”, siendo que éstas han perpetrado históricamente masacres y asesinatos políticos, muchos en complicidad con los paramilitares, que han sido el soporte del régimen del terror de Uribe, y que Duque, en su esfuerzo por reinstaurar dicho régimen, ha restituido en el poder a toda una cúpula comprometida con crímenes graves contra los DDHH, como los falsos positivos, en amenazas, intimidación y asesinatos constantes a líderes sociales, campesinos y obreros.

No en vano las mujeres de Colombia se han unido a las millones de voces de mujeres alrededor del mundo coreando: “El Estado opresor es un macho violador”, denunciando la violencia, la violencia sexual y abusos sistemáticos por parte de la Fuerza Pública con la indulgencia y hasta complicidad del Estado, contra los derechos y vida de las mujeres; denunciando que el Estado y el gobierno fingen interés por los casos de abuso y violencia, pero en realidad encubren y distorsionan los casos que se han denunciado, alargando y archivando los procesos y re victimizando a quienes denuncian. Es por esto que hoy más que nunca se hace necesaria la unión y lucha de las mujeres en contra del Estado, sus instituciones y del sistema capitalista que nos explota, viola y oprime; es necesario que continuemos denunciando estos casos de violencia y abuso.


La violencia sexual por parte de miembros de las fuerzas militares: ¿casos aislados u otra expresión más de su brutalidad y de la impunidad del estado?

 “Quienes defienden al Ejército dicen que se trata de unas cuantas manzanas podridas, pero el verdadero problema es que es una práctica sistemática y estructural”

Catalina Ruíz, Julio 1 de 2020, The Washington Post.

El reciente caso que salió a la luz pública el pasado 22 de junio, sobre la violencia sexual contra una niña indígena de 13 años, perteneciente a la comunidad Embera Chamí, por parte de un grupo de al menos siete soldados, abrió el debate sobre las prácticas sistemáticas de abuso y violencia sexual ejercidas por las fuerzas públicas colombianas, particularmente del ejército, contra las mujeres y niñas. Sin embargo, frente a estos acontecimientos, los altos mandos de la institución militar sostienen como defensa a las denuncias, que éstas son casos aislados, que son unas cuantas “manzanas podridas que manchan el uniforme”. Incluso, Eduardo Zapateiro, el jefe del Ejército Nacional, se llena la boca asegurando que: “Ningún soldado, colombianos... Escúchese bien, quiero ser enfático. Ningún soldado es entrenado en la institución para atentar contra los derechos humanos de los niños, niñas y adolescentes”. No obstante, aunque Zapateiro y los demás altos mandos del ejército se empeñan en convencernos de que estas prácticas son de unos pocos miembros del ejército y no son reiterativas y que los miembros del ejército no son entrenados para “atentar contra los derechos humanos”, la verdad es que para nadie es un secreto que el uso desmedido del poder y de la fuerza por parte de las Fuerzas Militares no es algo nuevo, pues son entrenados para ejercer control y poder sobre los territorios y la población mediante el uso de la fuerza y la violencia desenfrenada, lo que los hace propensos a esas prácticas de abuso y violencia sexual hacia las mujeres y niñas. De allí que el abuso y la violencia sexual ejercida por parte de los militares hacia las mujeres, tampoco es una práctica reciente en estas instituciones.

En un estudio reciente por la Corporación Sisma Mujer (2019), se señala a los miembros de las “fuerzas armadas, de policía, policía judicial y servicios de inteligencia como los mayores presuntos responsables de la violencia sexual contra las mujeres en el contexto de la violencia sociopolítica” –esto sin mencionar, la violencia sexual ejercida por grupos guerrilleros y paramilitares–. En ese sentido, este mismo estudio señala, para el 2018, a las fuerzas militares como los presuntos agresores que mayor participación tuvieron, pues “registran el 62,16% del total de hechos vinculados a la fuerza pública; y 23,59% del total de casos de violencia sexual contra las mujeres”, seguido de miembros de “delincuencia organizada” (paramilitares, pandillas, narcotraficantes, bandas criminales), “quienes reportan 24,62% de estos hechos”. Así mismo, se menciona que del 2017 al 2018 los casos de violencia sexual perpetrados por las fuerzas armadas, las fuerzas públicas, la policía, policía judicial pasaron de 43 en 2017 a 74 en 2018 (un incremento del 72,09%); de las fuerzas militares de 14 en 2017 a 46 en 2018 (un incremento del 228,57%). No obstante, cabe recordar que lamentablemente, en el marco del conflicto armado, no sólo militares y paramilitares incurrieron en este tipo de conductas contra las mujeres, también hay casos de miembros de los grupos guerrilleros, tal cual como lo señala el mismo estudio de Sisma Mujer, en donde los casos de violencia sexual en manos de grupos al margen de la ley (FARC, ELN) incrementó en el 2018 en un 65, 5% (lo que equivale de 16 casos en 2017 a 26 en 2018).

Aunque las anteriores cifras corresponden a la violencia sexual en el marco del conflicto armado, es preciso señalar que estos actos se siguen perpetrando. Hace unos meses Alberto Bruni, representante en Colombia de la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, informó que se habían encontrado tres casos de violencia sexual, en Arauca, Guaviare y Meta, en el que estarían implicados miembros del Ejército. De igual modo, luego de la noticia de la niña Emberá, el Ejército Nacional reconoció otro caso de violencia sexual perpetrado en septiembre de 2019 en Guaviare, contra una niña indígena de la comunidad nukak makú, quien fue encerrada por cinco días en el Batallón Joaquín Parías. En 2018, se conoció que el militar Raúl Muñoz (quien paga una condena de 60 años), abusó sexualmente de una menor en Tame, Arauca. En 2017, en Fuente de Oro Meta, una menor de cuatro meses fue abusada sexualmente por un soldado. A esto se suman las declaraciones del general Eduardo Zapateiro, sobre 118 integrantes de la misma institución investigados por abuso sexual que involucran a menores de edad.

Todo esto demuestra, a diferencia de lo que nos señala Zapateiro y su cúpula militar, que no se trata de unas cuantas manzanas podridas de la institución o de casos aislados, por el contrario, es una práctica sistemática de abuso de poder y autoridad que las fuerzas militares han ejercido hacia niñas y mujeres, particularmente aquellas en condición vulnerable, en los diferentes territorios del país. Las fuerzas militares colombianas no son ningunos héroes de la patria, sino que, desde su semilla, es una institución putrefacta que refleja a profundidad los aspectos más retardatarios de la sociedad: el machismo, la violencia contra quienes están desarmados, torturas y violaciones a derechos humanos y, sobre todo, la defensa del opresor y el explotador a costa de la vida de los explotados y oprimidos.

Un aparato represivo signado por la violencia política, las violaciones a los derechos humanos y la impunidad

Este derroche de abuso, de crueldad e impunidad que cobija a las Fuerzas Armadas tienen una base profunda en el carácter de clase de estas instituciones, su función como pilar del estado burgués, pero también en las peculiaridades de la oligarquía colombiana y de su relación con el imperialismo. El estado es por definición el aparato de dominación de las clases poseedoras, el órgano que garantiza que estas clases mantengan la propiedad privada de los medios de producción y todas sus condiciones de privilegio y opresión sobre las otras clases, y no eso que nos enseñan en la escuela para adoctrinarnos desde pequeños, que “el estado somos todos” o que “el estado es nuestro gran protector”. Dentro de ese aparato de dominación las Fuerzas Armadas son la columna vertebral, el aparato represivo y de inteligencia que soporta por la fuerza toda la explotación y la opresión. Ese trabajo se complementa con la acción de la justicia que defiende los intereses de los explotadores y opresores y persigue y encierra a los de abajo cuando se levantan, junto a ellos están el aparato escolar y los medios masivos de comunicación, que reproducen las ideas dominantes de estas clases poseedoras.

Por si esto fuera poco, Colombia tiene una larga tradición de violencia política, pues la oligarquía ha privilegiado los métodos violentos incluso para dirimir sus propios conflictos, y la ha usado sistemáticamente para derrotar la lucha de clases. La violencia política, e incluso el recurso de los paramilitares como una táctica constante para mantener su dominación han sido un rasgo característico del régimen político colombiano por décadas. Rasgo que se acentuó por la alianza histórica de esa oligarquía con el imperialismo, lo que ha permitido una injerencia constante de EEUU en los asuntos internos del país, al tiempo que el país ha cumplido servilmente el rol de peón militar y político de sus intereses en el continente y en el mundo.

Pero con el Plan Colombia -desde el gobierno de Andrés Pastrana-, estos rasgos se hiperdesarrollaron y el país se convirtió en “el portaviones político y militar” del imperialismo en la región. Para esos fines imperialistas contra la soberanía de los países independientes como Venezuela y Ecuador y bajo la bandera de la guerra contra el narcotráfico, inundaron el país de bases militares de EEUU, cometieron todo tipo de atropellos, incluso violando las fronteras de esos países. En este marco, las FFMM de Colombia llegaron a ser las más grandes -en términos proporcionales- del continente y desde antes el país recibe la tercera inversión militar más grande de parte de EEUU, sólo después de Israel y de Egipto.

Han recibido por décadas el presupuesto más alto del estado y han gozado de gran poder e impunidad, actúan casi con licencia para matar en muchas regiones del país. Y durante los gobiernos de Uribe ayudaron a instaurar un verdadero régimen de terror férreamente apoyado y secundado por EEUU, en el que reinaron violaciones a los derechos humanos como los falsos positivos. Desde entonces estas instituciones represivas viven un proceso de descomposición creciente, cada semana hay un escándalo nuevo por chuzadas, por espionaje contra jueces, periodistas y opositores políticos, por violaciones de derechos humanos, así como por todo tipo de atropellos y episodios sistemáticos de corrupción al más alto nivel. Pero el gobierno de Duque se dio a la tarea de restituir en los más altos cargos del Ejército a oficiales comprometidos en todo tipo de acciones criminales, como los falsos positivos. Por ello es el responsable político de la matanza sistemática contra líderes sociales y excombatientes y del nuevo auge del paramilitarismo, todo bajo la más descarada impunidad. En este marco las crecientes denuncias por abusos sexuales contra mujeres y niñas por parte de militares, se entiende perfectamente.


¡No es un fenómeno nuevo: la violencia contra la mujer ha sido un instrumento de guerra y dominación… también del imperialismo!

El uso del cuerpo de la mujer como botín de guerra es una práctica sistemática que convierte a las mujeres y sus cuerpos en instrumentos de control y dominación, es una forma de intimidación, castigo o represalia contra el enemigo, en la que los actores armados de un conflicto siembran el terror en las comunidades e imponen el control militar. Esta práctica la podemos encontrar a lo largo de la historia en varios hechos devastadores. Un ejemplo de esto es la guerra de Bosnia (1992-1995), en la cual las fuerzas serbias practicaron violaciones masivas entre las mujeres bosnias musulmanas en los campos de concentración por ser consideradas como parte de sus servicios; la guerra del Congo (1998-2003), en la cual, según un estudio de American Journal of Public Health, se habrían violado cuatro mujeres cada cinco minutos, lo cual arroja un aproximado de 400.000 mujeres violadas al año; o en África, en el 2013, en donde el cuerpo de las mujeres era el salario con el que el gobierno pagaba a sus milicianos, miles de mujeres eran explotadas, violadas u obligadas a casarse con los soldados que habían asesinado a sus familias. Estos son sólo algunos de los hechos atroces que se han cometido contra las mujeres y niñas alrededor del mundo, y que demuestra que los actores del conflicto no sólo libran la batalla en los territorios, sino que también los cuerpos de las mujeres se convierten en su campo de batalla.

Colombia, en sus más de 50 años de conflicto armado, no podría ser la excepción frente a esos abusos y violencia sistemática contra la mujer y, aunque hasta el momento ningún actor armado ha reconocido públicamente la responsabilidad por el uso de la violencia sexual, hay varios informes del Centro Nacional de Memoria Histórica que confirman la dimensión de los daños y la magnitud de la violencia con que el cuerpo de las mujeres y niñas han sido objeto de sometimiento, de apropiación, y de despojo de su dignidad y de su humanidad, que en últimas es una cuestión de poder, pues es en la violencia sexual donde el cuerpo de la mujer es el bastidor o soporte en el que se afirma la destrucción, sometimiento y dominación moral del enemigo, lo cual sigue perpetuando la construcción de masculinidades despóticas y violentas.

Las prácticas de violencia, violencia sexual y abuso que convierten a las mujeres y niñas en un instrumento para la guerra, no solamente han sido ejercidas por las fuerzas militares colombianas, sino que, también, se ha ejercido por grupos paramilitares y guerrilleros –esto bajo el conflicto armado—, y como si esto no fuera poco, por las tropas militares del imperialismo yanqui. Esto último obedece, precisamente, a que la burguesía colombiana, encabezada por el Estado, ha mantenido por décadas su absoluta complacencia y entrega al imperialismo estadounidense. Este servilismo que ha ido creciendo desde el 2001 con el “Plan Colombia” y que se intensificó bajo los gobiernos de Uribe, Santos, y, actualmente con Duque, ha convertido a Colombia en el “portaviones político y militar del imperialismo yanqui”: la existencia de 12 bases militares estadounidenses –aunque sólo se reconozcan 7–, el ingreso de Colombia a la OTAN en el 2018; la financiación, el monitoreo y equipamiento de los aparatos militares e inteligencia yanqui a las Fuerzas Armadas y su participación en las maniobras militares estadounidenses; las operaciones conjuntas con Estados Unidos para “combatir” a las FARC en países vecinos como Ecuador y Venezuela –precisamente en estos países que no son serviles al imperialismo–, la firma de los Tratados de Libre Comercio, el ingreso de Colombia a la OCDE; son sólo una muestra de la disposición abierta del gobierno y de las Fuerzas Armadas colombianas a colaborar con el amo del norte en su deseo de control y dominación política y económica de América Latina. En ese marco, no sólo le ha dado carta abierta a los yanquis para que intervenga en los asuntos políticos y económicos del país, sino que, también, parece habérsele otorgado a sus Fuerzas Armadas un permiso absoluto para cometer vejámenes, entre ellos el abuso sexual hacia las mujeres y niñas, contra las poblaciones vulnerables del territorio colombiano sin que éstos tengan repercusión alguna.

En el “informe de la comisión histórica del conflicto y sus víctimas”, se revela que entre el 2003 y 2007 al menos 53 mujeres menores de edad fueron violadas por soldados y funcionarios de seguridad de EEUU en cercanías de la base militar de Tolemaida; y no solamente fueron víctimas de este tipo de violencia sexual, pues dichos actos fueron grabados y vendidos como material pornográfico. Aunque frente a estos actos la Defensoría del Pueblo en Colombia y el ICBF han asegurado hacer un seguimiento y la embajada estadounidense en Colombia ha señalado que cualquier mala conducta por parte de sus fuerzas armadas será tomada “muy en serio”, en la actualidad no hay ninguna condena ni proceso abierto contra soldados o agentes gringos por delitos sexuales en el país. Este derroche de impunidad demuestra hasta dónde es capaz de llegar la oligarquía y el estado colombiano en su sumisión al imperialismo, así como los rasgos coloniales del país en su relación con esa potencia extranjera.


¡Los ataques sistemáticos a las mujeres por parte de las fuerzas Armadas se concentran en los grupos históricamente más oprimidos!

Las mujeres, sus condiciones, la violencia y opresión a la que están expuestas, no se pueden hablar genéricamente ni en abstracto. Los ataques contra las mujeres, se han enfocado en los grupos que siempre han sido más afectados por otras condiciones como la de ser negra, indígena, pobre, “poco educada”, trabajadora, transexual o discapacitada.

La encuesta realizada en el marco de la campaña “violaciones y otras violencias, saquen mi cuerpo de su guerra” realizado para el periodo de 2010-2015, concluye que las mujeres negras, entre 15 y 24 años, pertenecientes al estrato socioeconómico 1, son quienes más expuestas han estado a ser víctimas de violencias sexuales en el marco del conflicto armado. Además, el mismo informe, realizado para el periodo 2001-2009, revela que 48,5% de las víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto pertenecen al estrato 1 y el porcentaje restante, a los estratos 2 y 3.

Para las mujeres racializadas -afrocolombianas e indígenas- la violencia ha sido mucho peor porque se ha combinado con actitudes históricas asociadas al colonialismo, el racismo y al esclavismo, pues, no es un secreto para nadie que, desde los tiempos de la colonia, el cuerpo de la mujer ha sido objeto de dominación. Además, los territorios que habitan son los más afectados por la desatención y olvido estatal, lo que se evidencia en su situación de vulneración a derechos básicos como la salud, la educación y el trabajo digno. Todo esto muestra que, como en todas sus otras manifestaciones, la violencia del estado tiene un marcado sello de clase. En esos lugares, que aparecen como tierra de nadie, es donde más se viven los abusos y los vejámenes.


¡El Estado y sus instituciones son complacientes con la violencia sexual y abuso contra las niñas y mujeres!

El presidente de Colombia Iván Duque, frente a lo sucedido con la violación a la niña Emberá por parte de las fuerzas militares, señaló en una rueda de prensa: “No toleramos ningún tipo de abuso a menores de edad y mucho menos cuando involucre uniformados que enlodan el honor de las fuerzas con actos ruines como el denunciado en Pereira contra niña indígena”, así mismo, mencionó que se estrenaría la cadena perpetua con los militares involucrados en este caso. Sin embargo, aunque el presidente quiera dar a los colombianos unas palabras de “alivio” y “seguridad” frente a este caso y pretenda de esta manera “garantizar” la no impunidad, sus declaraciones no pudieron ser más cínicas, pues parece que al presidente se le olvidó que fue el mismo quien hace poco nombró una nueva cúpula militar en la que muchos de los militares y generales, están implicados en casos de falsos positivos y violación de derechos humanos. Incluso, mantuvo a Nicasio Martínez como comandante del ejército a pesar de su relación con procesos de violación de derechos humanos e hizo lo imposible por mantenerlo en su cargo, hasta que lo dejó caer evitando que salieran más denuncias a la luz, igual que con el ministro de defensa Guillermo Botero, la ficha de Uribe que trató de encubrir el bombardeo despiadado contra unos niños, acción que le costó el cargo. Por eso insistimos en que se trata de un fenómeno estructural, propio del carácter de estas Fuerzas Armadas, las mismas que han sido la punta de lanza de la historia de masacres y asesinatos políticos, muchos en complicidad con los paramilitares, las mismas que soportaron el régimen de terror del matarife en sus dos períodos presidenciales, y cuya cúpula fue restituida en el poder por Duque como parte de su esfuerzo por reinstaurar dicho régimen de terror.

Por otra parte, frente a ese mismo caso, el Fiscal General de la Nación Francisco Barbosa, se vanagloria de haber hecho un rápido proceso en contra de los militares que aceptaron cargos, pero su teatro se cayó al piso cuando, en el fallo, se les acusó de acceso carnal abusivo, lo que, según la ley, implicaría insinuar que la menor consintió la violación (algo impensable), además que da una rebaja de pena a los agresores. Como si este fallo fuera poco, los siete exmilitares fueron trasladados a un batallón en lugar de ser llevados a una cárcel regular, lo cual no fue explicado ni tiene razón de ser pues ya no pertenecen a la milicia.

Como en muchos otros casos la Fiscalía y el sistema judicial, son cómplices de la corrupción que hay dentro de esta institución (FFMM, policía y ESMAD), pues ocultan y encubren todos los crímenes que se cometen en contra las mujeres (pobres, campesinas, trabajadoras), los luchadores populares, sindicales, indígenas y defensores de derechos humanos. Y, descaradamente, nos hacen un llamado a confiar en los miembros de estas instituciones, quienes abusan, violan, persiguen, amenazan, criminalizan y desaparecen, lo cual resulta aún más oprobioso y hasta cínico.

La impunidad y el desprecio hacia la vida de los pobres y los oprimidos son las marcas distintivas de este régimen y de este gobierno, como se evidencia con los casos antes mencionados y, en este momento, con el recrudecimiento de las masacres y asesinatos contra niños y jóvenes: 6 jóvenes asesinados en la zona rural del municipio de Tumaco, 8 jóvenes entre 19 y 25 años masacrados en la aldea Santa Catalina (Samaniego, Nariño), 5 niños entre los 14 y 16 años degollados en Cali, tres jóvenes entre los 20 y 30 años acribillados en la zona rural del municipio de Abrego (Norte de Santander), dos niños de 12 y 17 años asesinados en el Municipio de Leiva (Nariño) –todo esto sin mencionar los asesinatos recientes a líderes y lideresas sociales, e indígenas–.

Respecto a todos esos acontecimientos atroces el gobierno de Iván Duque, no hacen más que emplear palabras eufemísticas pretendiendo así minimizar la gravedad de los hechos, culpando al narcotráfico e incluso a las mismas víctimas, y encubriendo a los perpetradores de esos crímenes. Lo cierto es que el único responsable político de las violaciones de derechos humanos y matanza contra mujeres, jóvenes, niños, lideres, campesinos y trabajadores, es el gobierno uribista de Iván Duque, quien en su empeño por reinstaurar el régimen del terror del uribismo y en su benevolencia al imperialismo yanqui, han permitido las violaciones sexuales, masacres y desapariciones forzadas contra lo pobres, explotados y oprimidos.


Referencias bibliográficas

viernes, 15 de mayo de 2020

EL GOBIERNO CONDENA A LAS MUJERES AL HAMBRE, A LA VIOLENCIA Y A LA PRECARIZACIÓN LABORAL


Una vez iniciada la cuarentena diversos medios de comunicación mostraron la situación de confinamiento como una “oportunidad” para invertir mejor el tiempo, aprender idiomas, “emprender” con un nuevo negocio digital y disfrutar el tiempo en familia. 

 Sin embargo, la realidad ha derrumbado con fuerza ese castillo de naipes, ha roto aquellas ideas develando su carácter clasista, apenas pensables para un sector acomodado de la población. La verdadera cara del capitalismo se muestra con hostilidad cada día de confinamiento y quienes sostienen las pesadas cargas de la crisis económica en curso son los trabajadores, los pobres, los migrantes y las mujeres. 

 Con el decreto de la cuarentena se dispararon las denuncias por violencia doméstica, quedarse en casa no significó para miles de nosotras “disfrutar de la familia y la pareja”, o una “oportunidad para trazarnos nuevas metas” tal como auguraban cientos de medios y políticos, que romantizaron el encierro y las relaciones familiares ya descompuestas por este sistema. 

 

La violencia de género se dispara y el gobierno Duque guarda silencio:

  Para muchas quedarse en casa ha implicado convivir con su agresor, triplicar las jornadas de trabajo y poner más altas las barreras para denunciar, pues el estar confinadas 24/7 con nuestro agresor ha hecho que nuestras vidas estén en mayor riesgo, buscar ayuda y acudir a ella se ha vuelto casi imposible pues los círculos de apoyo se ven reducidos.

 Antes del inicio de la cuarentena, según los datos de De Justicia las mujeres representábamos el 86% de las víctimas de violencia doméstica en Colombia, y el 73% de casos de violencia intrafamiliar tenía lugar al interior de las viviendas[1], con la cuarentena las denuncias por violencia doméstica se triplicaron. Así mismo, desde el 20 de marzo hasta el 16 de abril se registraron 19 feminicidios de los 54 registrados que han ocurrido desde inicios de año[2].

 El gobierno Duque dejó escalar la violencia, hoy mucho más silenciada e invisibilizada que antes. Este “descuido” responde a los intereses de la casta política que representa, pues los problemas de las mujeres trabajadoras y pobres nunca han estado contemplados en su agenda.  

 Las medidas de gobiernos locales tampoco han respondido a las necesidades de las mujeres que padecen este tipo de violencia. La alcaldesa de Bogotá, Claudia López, puso como condición para entregar subsidios a las familias más pobres, que no hubiera violencia intrafamiliar, condenando así a miles de mujeres a elegir entre denunciar y no comer, o aguantar los golpes y alimentar a sus hijos[3].

  En Bogotá la mayoría de los casos de violencia denunciados están relacionados con violencia psicológica y física, y las mujeres víctimas son en su mayoría residentes de Kennedy, Bosa, Suba y Ciudad Bolívar: localidades donde abundan los barrios populares y donde habitan mujeres trabajadoras que están padeciendo por falta de trabajo o por exceso de este, pues las cargas que derivan de la triple jornada  exige a las mujeres atender las obligaciones laborales, junto con aquellas que se nos han impuesto, como naturales de nuestro sexo ( cuidar a los hijos, limpiar y cocinar), esta situación combinada con la violencia que se vive al interior de las casas resulta en mayor opresión y desigualdad.

 Las medidas son tan ineficientes que  en Bogotá, La secretaría distrital de la mujer, reportó que en el primer mes de cuarentena hubo un total de casi 6.000 llamadas a la Línea Púrpura, lo que representó más de la tercera parte del total que normalmente se reciben en un año (1.700 para 2019); pero la eficiencia  real de este canal es de entre 30 % a 45 % ya que solo cuenta con 14 profesionales encargados,  lo que implica que hay muchos más casos que están quedando sin atender. Si esto es así en Bogotá, la situación en el resto del país de seguro es mucho más precaria. 

 Ante la falta de canales de atención, la secretaría, en alianza con Fenalco, D1, Justo & Bueno y Ara estableció un acuerdo en donde los trabajadores de estas tiendas deberán servir de mediadores entre las víctimas de violencia y los cuadrantes de policía, recolectando datos cuando una mujer haga mercado en sus tiendas y manifieste necesitar ayuda. ¡Menuda solución! Sujetar la ayuda de quienes no pueden acceder a la Línea Púrpura a una ayuda a medias, pues su acceso depende de la compra en la tienda: siendo así, un beneficio más de clientela que una atención estatal. 

 Así mismo se impone sobre los hombros de los trabajadores de estas tiendas, una carga adicional que por otra parte supone que toda persona está capacitada para la atención de estos casos y se deja en manos de la policía, una institución denunciada en varias ocasiones por violar y agredir a mujeres un problema tan complejo como la violencia doméstica.

 Como si fuera poco, Fenalco se muestra como abanderado de las luchas contra la violencia de género de manera hipócrita y la alcaldía se presta para lavarles la cara, pues bien es sabido que muchos de estos casos de violencia se ven intensificados por las condiciones de pobreza y miseria en la que viven miles de personas, condiciones de las que es responsable el capitalismo que en situaciones de crisis como esta, pone sobre los más oprimidos en este caso las mujeres pobres, los pesados ladrillos de su descomposición.

 Tanto el gobierno nacional, como el local son responsables de las penurias que miles de mujeres están padeciendo, puesto que las medidas son ineficientes y casi inexistentes para la magnitud del problema que se vive y también porque sus esfuerzos están enfocados en salvar bancos y empresarios, no mujeres, ni trabajadores o niños pobres, que en momentos como este representan una carga o un sacrificio necesario para sostener la riqueza de unos pocos. 

 Hoy son las mujeres las que cierran las calles de los barrios populares, colgando trapos rojos en puertas y ventanas, son ellas las que viven violencia dentro de sus casas y la peor de la violencia institucional al momento de exigir sus derechos, porque antes de elaborar canales de atención efectivos prefieren reprimir y silenciar a quienes tienen hambre. 

 Así mismo, la comunidad Trans y las prostitutas, que han sido históricamente golpeadas, excluidas e invisibilizadas, han sufrido el doble en este contexto, ya que la ausencia de un plan de contingencia que les garantice un mínimo vital las ha obligado a exponer sus vidas para poder comer. Podría decirse que la ausencia de medidas para esta población se traduce en un plan institucional de “limpieza social” al que todos debemos enfrentar con rechazo.

 Por estas razones se hace necesaria la unidad de organizaciones de mujeres y centrales obreras, sindicatos y organizaciones sociales y populares, para delinear por un lado programas y canales de atención centralizados que brinden atención inmediata y por otro para exigir al gobierno tanto nacional como local los recursos necesarios para la atención de mujeres víctimas de violencia doméstica e institucional (como las trabajadoras sexuales) por ejemplo, se puede exigir que el gobierno use los hoteles como refugios y se hace necesario que los Sindicatos dispongan recursos y trabajadores, como sus abogados para la atención inmediata de las mujeres. 

 

Trabajadoras domésticas y de la salud sin garantías: 

 En su mayoría las trabajadoras domésticas son madres cabeza de familia, tienen salarios por debajo del salario mínimo y ninguna prestación social, el 12% están por encima de los sesenta años, lo que las ubica como personas de mayor riesgo frente al COVID, así mismo el 77% de estas trabajadoras recibe pago en especie, como la alimentación que reciben en las casas de sus patronos. Desde que inicio la cuarentena estas trabajadoras en su mayoría fueron despedidas y hoy se encuentran sin ninguna garantía. 5

 Si en el caso de la gran mayoría de los trabajadores del país, la pandemia ha profundizado sus precarias condiciones de trabajo y de vida, debido a las medidas de las patronales en su contra, como la suspensión de contratos, la reducción de salarios, la imposición de “vacaciones,” el despido o el sometimiento a ir a trabajar sin condiciones de bio-seguridad; es mucho peor en el caso de las trabajadoras, en especial de las empleadas domésticas cuyas posibilidades de defender sus derechos son casi inexistentes, más aún cuando su relación con sus patronos muchas veces no es ni siquiera considerada como una relación laboral. 

 Estas mujeres deben soportar la pandemia sin salario, con las cuentas del arriendo y los servicios corriendo y los culpables son los patronos que sobre ellas ejercen la peor de las violencias: obligarlas a padecer hambre.

 La situación de ellas demuestra que la crisis de la pandemia ha hecho que recaigan con más fuerza las lacras del capitalismo sobre los sectores más vulnerables, en connivencia total del gobierno uribista quien decreta medidas para salvar a los ricos y a sus ganancias.

 Las centrales obreras y el Comité nacional de Paro, en apoyo de los sindicatos de trabajadoras domésticas como UTRASD deben acompañar la situación de estas trabajadoras y elaborar un plan de apoyo encaminado a proteger y garantizar un mínimo de derechos para estas mujeres y sus familias, empezando por una exigencia al gobierno para que garantice un ingreso mínimo vital durante la cuarentena, además, cada patrón debe garantizar el pago a estas trabajadoras mientras ellas permanezcan en casa, para cuidarse ellas y sus familias.

 Así mismo, las trabajadoras del sector salud no escapan a estas condiciones precarizadas, sobre ellas recaen arduas jornadas en donde se han visto vulneradas, empezando por la falta de medidas de bio-seguridad que ha elevado las posibilidades reales de su contagio, cuando con los implementos necesarios este se podría disminuir. Los discursos presidenciales o del ministro Fernando Ruíz que felicitan a las trabajadoras de la salud y las califican de “heroínas”, así como la “buena voluntad” de las EPS, no las van a proteger del virus, es necesario que se destinen los recursos para su protección y para que realicen su trabajo con todas las garantías de seguridad. Es totalmente justo cuando alzan su voz y gritan “somos héroes, pero no somos mártires” ante semejante burla por parte del gobierno y de los intermediarios privados. 

En el mundo la mayoría del personal de la salud son mujeres, según la OMS representan el 74% del total de trabajadores de este sector y a pesar de esto la brecha salarial es del 28% lo que ha llevado a que miles de mujeres se vean obligadas a conseguir entre dos y tres trabajos para cubrir sus necesidades básicas.

 Esta situación combinada con la precarización laboral y la pandemia hace que estas trabajadoras arriesguen mucho más su vida al tener que desplazarse a distintos focos de contagio poniendo en riesgo sus vidas y las de sus familias. 

 Agremiaciones y sindicatos de trabajadores y trabajadoras de la salud han hecho diversos llamados para realizar cacerolazos desde balcones y ventanas, las centrales obreras no han ido a fondo con este llamado, dejándolos a la deriva en su lucha, es por ello por lo que desde las organizaciones de mujeres debe hacerse un llamado a apoyar estas iniciativas para lograr garantías para los trabajadores de la salud, que en su mayoría son mujeres. 

 Ni el gobierno, ni las patronales han tenido alguna contemplación con los trabajadores, las mujeres y los pobres, es por ello que de la unidad de todos estos sectores deben salir las fórmulas para enfrentar la crisis y a quienes pretenden hacernos pagar por ella. 

 Las mujeres fueron vanguardia en la gran movilización del 21N, hoy han sido muchas las que han salido a resistir desde los barrios a la represión, son otras tantas las que han sido obligadas a trabajar en las peores condiciones, teniendo que dejar solos a sus hijos para garantizar la comida, todo esto bajo la anuencia del Gobierno Uribe-Duque que nos manda a morir en nombre de las ganancias de los empresarios. 

 A las mujeres nos han acorralado, entre la comida o el contagio nuestro y de nuestras familias, entre los golpes o la calle. Sobre nosotras las consecuencias de la pandemia, la crisis, el confinamiento y el trabajo son mucho peores; por ello más que nunca, se hace necesario fortalecer los lazos de solidaridad entre organizaciones de mujeres y sindicatos, son muchas las acciones que se han llevado en diferentes barrios y ciudades, pero es necesario centralizar y generar un programa que atienda todas nuestras necesidades, se necesita de la unidad para que seamos nosotros los trabajadores y trabajadoras, los sectores populares, los campesinos y los estudiantes los que hagamos frente a esta crisis.

 

¡Solo el pueblo salva al pueblo!

¡Que la crisis la paguen los ricos!

¡Garantías reales para las mujeres durante la cuarentena!

¡Cuarentena sí, pero sin hambre ni violencia doméstica!

¡Garantías de bioseguridad y contratación directa para las trabajadoras del sector salud y sus familias!

 

 

4.   4.  https://rpp.pe/lima/actualidad/coronavirus-en-peru-covid-19-municipalidad-de-lima-inaugura-albergue-para-mujeres-victimas-de-violencia-durante-cuarentena-noticia-1258948)

5. 5. https://www.eltiempo.com/economia/sectores/coronavirus-en-colombia-empleada-domestica-habla-de-como-pasa-la-cuarentena-482420

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